martes, 11 de noviembre de 2014

Todo y a la vez nada.

Es muy probable que esa tarde nadie me viera entrar. Una persona, como cualquier otra, en un lugar, como cualquier otro, observando atentamente, como si en lo profundo de mi corazón, yo fuese yo.
Jamás supe por qué entré allí, tampoco quise suponerlo. Mi cabeza era una nube de histeria, cosas que nadie sabía, ni siquiera yo. Caminaba por los pasillos de esa añosa y majestuosa biblioteca.
Cientos de personas pasaban cada día por su puerta, buscaban, encontraban, no encontraban, anotaban, estudiaban, pero siempre se iban, pues habían logrado su objetivo, o bien sabían que no lograrían cumplirlo allí. Pues yo no tenía uno, o al menos eso creí.
Acababa de encontrar un lugar donde liberar mis palabras ahogadas en lágrimas de dolor y traición, aunque por un momento tenía esa sensación de escribir y alejarme de todos aquellos testamentos perdidos en el laberinto de mis sentimientos, y a pesar de que era lo que me aliviaría, no quería dejarlos ir, pues eran ellos los que llenaban mi alma.
Como todo lugar sombrío y perversamente confortable, la biblioteca poseía un tragaluz que acaparaba la mitad de la pared y parte del techo.
 Una vaga silueta se dibujaba sentada en un tosco, pero a la vez delicado sillón viejo.
Me quedé observando, por dentro me sentía como un niño al abrir sus regalos de navidad, pero por fuera, mi expresión no revelaba más que misterio e incertidumbre.
Lo primero que captaron mis ojos fueron sus arrugas, su color de piel, sus manchas de sol, su mirada perdida en la nada misma, su expresión, sus años, ¡¡Sus años!!. La observaba desde lejos, no quería avanzar pero no me resistía, pues con cada detalle, esa mujer me daba más y más motivos para querer explorar el mundo de conocimientos que ocultaba tras sus grises y avaros ojos.
Una mujer vieja y arrugada hundida en un mundo que nadie conocía, al cual por alguna razón yo quería pertenecer. No se si alguien me miraba, pero de haber sido yo la espectadora de esa escena, en la cual una jovencita miraba con tenebrosa incertidumbre a lo más decrépito que se puede hallar en un mundo de mujeres, no hubiese siquiera parpadeado, pues era fascinante.
Me fui acercando, paso a paso, suspiro a suspiro, encorvada y deseosa de misterios resueltos.
Mi corazón se detuvo, mi alma se liberó, mi cerebro se paralizó, y todas las dudas se fueron, buscaron compañeras y volvieron; todas las respuestas estaban allí, frente a mí, escondidas y lejanas, y al mismo tiempo descubiertas y cercanas.
Me miraba.
Ella me miraba con toda la nobleza del mundo, con todas las soluciones del universo; me miraba desde hacía horas, aunque yo sólo había entrado hacía menos de treinta minutos.